Miradas vestidas de magia

Después de tantos intentos fallidos; tanta sangre innecesaria, todas esas heridas causadas a propósito o en defensa propia, toda acción regida por el mismo patrón desconocido, todo fue con la misma finalidad: sobrevivir. ¿Y para qué? Si de todos modos habría sucedido. Al término del invierno, la redención llegó como la tenue luz del alba haciéndome respiración de boca a boca. Los destellos dorados abundaban en cada rincón de la habitación; ligeros hilos de seda natural en la cama, en el piso, en las cortinas oscuras y hasta en las ventanas cerradas. Cada uno con forma distinta, cada uno desprendido de un recuerdo diferente, cada uno en el lugar indicado, cada uno hablando en idiomas distintos porque esto puede entenderse en todas las lenguas, a través de los cinco sentidos y si hiciera falta alguno inventaría un sexto para conservar permanentemente los camanances en ese rostro alucinante. 

Después de tantas pócimas y textos detallados; los conjuros que enloquecían el entorno y alteraban los tiempos de la noche, los hechizos que se apropiaban de mi cuerpo y lo trataron de hacer vulnerable, los espíritus que nos acompañan desde el día uno en la capital italiana, todo en el mismo cazo. ¿Y todavía pregunta por qué? Si siempre lo ha sabido. Al inicio de la temporada el verdor disipó los restos de aquella enfermedad que tantos días se vio como una condición. Las horas disfrazadas de segundos, las miradas vestidas de magia, la cohesión en traje casual debido a sus orígenes… porque nadie le esperaba. Cada gota debajo del agua lo hacía más real, enfriaba los cuerpos, erizaba las pieles y descontrolaba el tiempo regulado de los latidos en unos corazones sin miedo, con miedo, pero con ganas. Como por casualidad sin exceso, silencios sin estorbos, música sin instrumentos, palabras sin explicación.

Después de tanto humo en la caldera; los párpados, las manos moviéndose involuntariamente, el cuello inclinándose cuarenta y cinco grados a la izquierda, todo siguió adelante. ¿Ya entiende el porqué? Si lo he dicho antes. Al reiniciarse el movimiento terrestre la respiración alimentó la permanencia voluntaria una vez más, transformando el impacto de la explosión en brazas interminables, sin cenizas. La temperatura de mis emociones tiende a ascender si se trata de usted, sin objetos envenenados ni artefactos que interrumpan la señal. Cada trago, cada roce, cada tacto, cada salto, cada contacto, cada vuelta, cada una de las cosas que aún no logro descifrar, cada código que todavía no puedo comprender, no obstante, nada de eso me detiene. Una desnudez de prendas blancas con el alma abierta, sin lujuria, de brazos abiertos y con un deseo desenfrenado de conjugar verbos donde la destinataria es usted.


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