Suspiro tras suspiro

Lo pensé. El color había cambiado y esa voz todavía daba vueltas en la escena. Palabras que no se dijeron, miradas que no se encontraron.
Lo imaginé. El detalle era tan real que me costaba creer su autenticidad. Las cosas como son, sin respaldo, sin temor a la respuesta. 
Lo soñé. Tres mundos se cruzaron por casualidad, coincidieron. Sin embargo, los intrusos mentales lograron penetrar la barrera.
Lo ideé. El sentido abandonó la cama antes de tiempo y me dejó con la sangre lenta. No es ningún secreto, lo dulce se vuelve amargo.
Lo hablé. Entre púas y espinas encontré los diálogos que me faltaban. Ensangrentado, llegué al final, donde brota la flora.

Lo sentí. La premonición escurría en mi cuerpo, protegiendo, avisando. Entre más silencio hay, más crece el agujero negro en la pared. 
Lo vi. Tan cerca del alma, tan lejos del corazón. La virtud de la introspección que me fue enseñada a la mala hizo de las suyas una vez más. 
Lo olí. Impregnado en el ambiente de un fugaz parpadeo, adentro y afuera. El aroma que funge como pasaje de abordar hacia aquel lugar. 
Lo entendí. Ningún contacto es suerte, nada pasa porque sí. Absurdo propósito, el que cree que los ataúdes no llevan clavos en la cubierta. 
Lo conseguí. Estrangulé sin piedad a la querencia y el desapego chorreó la superficie. La vida me regresaba al soltar su cuello.

Lo olvidé. Por unos segundos fui una ficción que flotaba verbalmente. No quería causar problemas, no va con mi personalidad. 
Lo noté. El avance era inevitable, el progreso atormentaba la habitación. La piel suave es sinónimo de tranquilidad. 
Lo logré. Venciendo todos los pronósticos, no sé cómo te explico. A través de los barrotes, desde lo húmedo de la celda. 
Lo guardé. La reliquia tomó su sitio, el que le corresponde ahora. Había llegado la hora de la que tanto me hablaron.
Lo asimilé. Suspiro a suspiro, noche tras noche, línea tras línea. Lo hice gracias a ti, para mí, por los dos.


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