Inventario de abril
Veo un invierno sobre piso de madera, el sonido de la jungla dentro de una pantalla de cuatro pulgadas viéndome de frente. Veo dos años de diferencia, el sol veraniego rociando las frentes de los cuerpos al caminar bajo las pocas hojas moradas que aún adornan las calles. Veo rizos del tamaño de una uva, el vino en copas de cristal que se estrellan para brindar por el anuncio de la llegada de una nueva década. Veo el miedo transformado en complacencias insaciables provenientes de unos labios ebrios, de unos labios resecos tras una noche larga, de unos labios que no paran de erizar los vellos en mis oídos. Veo el horizonte en una puesta de sol, los tonos naranjas sobre la ropa, el tenue descenso de luz en unas uñas teñidas de tornasol. Veo el verde esparcido en todo el entorno, la vida brotando sin preguntar, las hojas cubriendo cada hogar minúsculo, un propio reflejo sonriente. Veo el sonido de aquella canción lenta que acompaña la paz, la que suena sin reproducirla voluntariamente, la que cede su lugar a las emociones improvisadas, la que sí es real. Veo una tela suspendida en el aire que cuelga de cada esquina, la veo estar una y otra vez en distintos lugares pero con el mismo par encima, los cuatro ojos imitando al péndulo que no se detiene. Veo el cabello largo que se vuelve corto para después volver a crecer, ese que marca principios, finales, destellos de importancia a lo largo de los días. Veo el cambio de estación por vigésima vez, el árbol que ya no tiene las mismas ramas, la banqueta que se ha quebrado debido al crecimiento de las raíces y la vegetación que no perdona ante la más mínima oportunidad, usted sabe eso. Veo todo eso y más aquí.
Veo un concierto de algo que todavía no existe, música que aún no se escribe, letras que aún no se sienten. Veo el tiempo pasar. Veo los días terminar pronto mientras las noches duran más de lo que deberían; nunca entenderías la mirada, esa mirada que alarga la virtud de la permanencia haciéndola eternidad. Veo una televisión con imágenes que se grabarán en cincuenta años, cuando los aparatos dejaron de funcionar para nosotros y ahora coexisten con la rutina establecida; por eso aún conservo la televisión, para reproducir todos y cada uno de los momentos que grabé con mis ojos, estos ojos que no dejan de reflejarse en los suyos. Veo al futuro con disfraz de presente, el instante en el que se dejan caer las túnicas temerosas, las que no dejan a los seres vivos disfrutar su máxima expresión: el ser. Veo un camino que dibujé durante la infancia, uno donde manejaba en carretera a alta velocidad acompañado de la armonía perfecta. Veo todo lo que no está aquí, lo que no es pero será, aquello que nos sacará de quicio y nos revolcará en el fondo de la duda. Veo lo que nos volverá a poner los pies sobre la superficie terrestre, lo que nos mandará a otras galaxias, todas aquellas de las que tanto escribí como ficción. Veo tres mil quinientos sesenta y tres días detallados distintamente, cada uno en un tono desigual, cada uno con título propio, cada uno con su pensamiento particular. Veo una cruz llena de peces en inglés, dos tablas de madera sobre los campos de un vínculo emergente. Veo todo lo que acumulé debido a los sopores intencionados por las semanas antes de hoy, las tardes idílicas que se anotaban sobre las hojas en blanco. Veo todo eso y más aquí.

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