La paleta de un poeta
En el rojo encontré a la violencia disfrazada de pasión, la alteración de los sentidos ante el color más vivo de todos. ¿Debo parar, detenerme ante los impulsos? ¿Precaución de qué? ¿Está el amor destinado a teñirse de tonos escarlata? Los demonios se pintan de color carmín mientras las rosas más comunes son entregadas como muestra de afecto. La sangre que se derrama cada día en los rostros golpeados va dejando rastro en el camino, las pistas de un amante envenenado. La sensualidad y la ferocidad rociadas con el mismo aerosol que adorna las calles.
Del amarillo aprendí que el cariño más puro es de este color, el que proviene del sol. Entendí que sin las abejas no existiríamos como tal hoy en día, que la miel puede curar de la misma forma que intoxicar y que los girasoles son estrellas terrestres. Yo creo que sí alcanzo a pasar antes que cambie la luz del semáforo, mi amuleto de ámbar que me acompaña donde voy me lo confirma. Brilla, brilla como el resplandor que genera un nuevo amanecer en la montaña; ilumina, ilumina la habitación como la bombilla que se enciende a medianoche.
El verde me enseñó la importancia de conectar con la tierra y sus plantas silvestres, las caricias naturales que brotan sin pedir permiso. Imitar la paciencia de una tortuga al regar con delicadeza cada una de las macetas en el jardín aclara esos ojos. Sin embargo, al descuidarlo existe la posibilidad de que pase al estado más tóxico, aquel que descompone tanto la materia como las emociones, dejando un vacío inservible. Distinto al cactus que florece para demostrar que la belleza puede crecer entre las espinas; el agua que brota del maguey a falta de un oasis.
Y ante la crisis, entendí que el amor no tiene color.

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