Exongusoff

Tarde para alcanzar a huir del jardín; ya habían colocado al gnomo junto al helecho de maceta azul. Su barba larga era gris con algunos mechones negros, le llegaba casi al suelo. La ruda y la salvia le observaban de lejos con suma precaución mientras susurraban entre ellas. El durazno le admiraba con sorpresa, como si ya supiese que lo dulce es de las cosas que más le agradan a esta criatura. El romero expidió sus aromas en señal de protección y defensa ante tal energía; podía percibirlo metros atrás. Sus hojas se secaron al tacto, el pequeño ser sonreía. Su manto naranja colgaba moho en ciertas partes y el hedor era penetrante. Las plantas no lo querían.

Cuatro minutos después, las flores de la suculenta brotaron alegremente, los cogollos crecieron sus cabellos en dirección al gnomo, la pitahaya nos hizo el honor de entregarnos sus pétalos amarillos y los plúmbagos se enredaron entre sí para forjar una muralla celeste de fragmentos mágicos. Las rosas volvieron a nacer y su tallo con espinas se suavizó como una caricia, obedeciendo las indicaciones naturales del gnomo con sombrero rojo. Las palmas extranjeras movieron su arena para emitir ondas hacia el misticismo presente y se inclinaron cual súbdito sumiso bajo el sol naciente. Volvió al lugar original, sobre la reja de frutos que yacía verticalmente. Todo antes de que alguien le viera.



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