Mala idea
Dieron las tres de la tarde en punto y unos pasos agigantados irrumpieron la sucursal del banco. Todos y cada uno de los clientes dirigieron su mirada hacia la entrada. Se azotaron las puertas de cristal. El rostro cubierto, los gritos por fuera. La segunda arma más peligrosa del cuarto hizo su aparición en las manos de aquel hombre de orejas grandes, nariz alargada y evidente sobrepeso. Un disparo al techo con sus enormes manos hizo temblar a los presentes. Sus pasos hacían retumbar la escena mientras las alarmas sonaban junto a su risa maníaca. Nadie se movía, a lo lejos una madre le tapaba el llanto a su pequeño hijo con ambas manos mientras el cabello del infante se mojaba con las lágrimas de su progenitora. El hombre los miró y se golpeó el pecho jadeante. Avanzó hasta la ventanilla, donde una empleada temblaba sin palabras, respiraba pavor y expulsaba la tensión en sudor. Le sonrió. Sabía a lo que iba, sabía lo que debía hacer. La cabeza no terminó en su lugar, mientras dos pares de brazos atrapaban el cuerpo que dejaba su rastro en los cristales. Entró y salió, como el miedo que sopla de noche en los cementerios. Y de paso, un tiro para cesar el llanto que le molestaba al salir. Al abrir las puertas de cristal, ya le esperaban. No fue necesaria más intervención. Al instante, cayó. Y ahí quedó el elefante, sin colmillos ni piel para vender. Bajo el sol. Expuesto y reducido a un acto desesperado.

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