Cruz

Crucé miradas con el tornado
y, tras un par de días sin parpadear,
entendí lo más complicado.
Traduje los tatuajes de tu hipotálamo
y comprendí por qué no estallábamos.
La danza al desnudo en tus costillas.
La fina divinidad que jamás he rozado.
Como un crimen afín, nadie fue culpable.
Y como pedirle verdad a los dados,
la deriva íntima se hizo palpable.
Por ello, llevo mi Cruz en el pecho;
no por religión sino por derecho.
Sintiéndola en cada palpitar.
Justo ahí, donde suele habitar.



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