La sequía

Esperando la lluvia que nunca llegó,
se secó la última flor del campo.
Aguardando una carta en vida,
entendió las reglas de la causalidad.
Y ahora, pintada en un nuevo lienzo,
permanece delicada en otro jardín,
enmarcada en otra exposición.

Tal vez ya no tenga alas,
pero sí un par de manos más
que le ayudan a avanzar.
A lo mejor en la isla evolucionó
y su brillante aureola se apagó.
Total, no va a necesitarse ya;
solo era para aquella oscuridad,
para andar sin miedo a no despertar.

Hui tanto que olvidé mirar atrás,
sin notar que nada me perseguía,
que nadie estaba llamándome.
¿Y qué hacer cuando una flor se seca?
Yaciendo frágil entre mis dedos,
recitándole poemas para salvarle.
Ya lo sé, pero aunque no se pueda,
lo intentaré una y otra vez.

El aguacero tardó en llegar al llano
y la fauna buscó otro hogar.
A la espera de una llovizna inesperada,
el suelo se agrietó por el calor.
Queriendo hablar, queriendo gritar.
Cada día quedando sin respirar,
cada noche esperando soñar.
Todo para que al final
nada fuera como en el paso inicial.



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