Tu secadora de cabello

Todavía duermo viendo hacia la puerta porque temías darle la espalda. Tiendo la cama y oigo que las líneas de la sábana deben seguir a la almohada. En cada café de mañana, estás ahí concentrada, en un escritorio sentada. Elijo mi ropa y te miro usándola, como antes pasaba, quedándote holgada; luciéndola mejor que yo. En el sofá de la sala; quitándotela, sin decir nada.

Me siento en cualquier barra y estás ahí, pidiéndole otra ronda al mesero. Quisiera escuchar canciones de nuevo, pero ya suenas en todos los estéreos. En un beso ajeno, reflejo mi deseo de tener entrelazados nuestros dedos. Todo lo verde eres tú, sonriendo, porque perteneces a mi mundo entero. Nombran al amor y llega el impulso innato de expresar que te quiero.

Mencionan la gloria y veo una tarde conociéndonos de pequeños. Contemplo la flora y apareces tú, por milésimo empeño. En la ducha, a diario, recuerdo que no soportas el agua fría ni en sueños. Al sentarme, sigo dejando un espacio en mis piernas para tu cuello. Si despierto temprano, juro que aún puedo escuchar tu secadora de cabello.

En un desayuno cualquiera, repito tus pasos al calentar un sartén. Comienzo un libro nuevo y tus gustos habitan las páginas por leer. Camino por la ciudad e imagino cómo sería nuestra vida en el Edén. Tomando un respiro, admito la calidez de compartir contigo un atardecer. 

Estás aquí, mujer, estás allá donde no te ven. Estás en todas partes... hasta donde no quiero que estés.


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