Posesión en el bosque
Alguna vez con árboles susurré, entre hojas y ojos, con ellos me integré. Mi carne se desprendió, y con ella, también desaparecieron algunas armas humanas, como la tan sobrevalorada fe. La sangre que recorría mi cuerpo comenzó a secarse y una inefable sensación me tomó por el cuello con suma delicadeza. Podía sentir a mis venas enredándose y apretándose unas contra otras, cortando la circulación al instante. Cómo me encantaría estar hablando en sentido figurado, pero me temo que no es el caso. A partir de ese momento, olvidé quién era; mis ideas no volvieron a conectar algo que no estuviese a un metro de mi alcance. Una sed salvaje entró a mi organismo y, en contra de mi voluntad, dejé de inhalar y exhalar de la manera en que lo había hecho toda la vida, volviendo obsoleto a mi sistema respiratorio.
Incontrolablemente, fluía con las corrientes de aire que nos pegaban de frente. Experimenté el estado natural de la materia oculta, ese que ha roto tradiciones milenarias con una sola aparición. Un acto de presencia, una fusión con el origen del ser. Como recuerdo que golpea sin avisar, como deseo que aparece sin pedir, repentina y afortunadamente, así fue el minuto de la transformación. Me preguntaba cuánto tiempo duraría, si realmente había algo allende los mares de oxígeno. Segundos después, una a una, fueron cayendo mis ganas de poseer. Miré su descenso hasta chocar con la tierra húmeda que nos acompañaba y cubría mis nuevos pies. Gracias a la inmensa cantidad de magia encontrada en la antigüedad de las especies, atravesé desiertos de desesperación en un solo día, tratando de volver a ese punto.
Nadie lo vio, nadie estuvo ahí; sin embargo, situaciones de esta índole no pasan por desapercibidas. Las tardes siguientes regresé, religiosamente, a buscar el rincón que había olvidado en aquel bosque. Las ramas se levantaban, flotando hacia el cielo sin importarles el sacrificio. Entre los arbustos, secreteé con las criaturas del césped y ninguna pudo descifrar lo que pasaba cada vez que se repetía el ritual, cada que la rutina seguía su curso, despiadadamente. Perdía una parte de mí en cada visita, pero ganaba un poco de esa energía desconocida. Eventualmente, me llevaría a cometer actos indeseados de locura en organismos ajenos al mío, los cuales quisiera borrar por completo de mi inestable memoria. Actualmente, frecuento la mística de los árboles más oscuros, pero ya no causan el mismo efecto estando del otro lado.

Por eso prefiero la playa.
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