Cámbrico

Esa mañana desperté en otra vida, como si el planeta hubiera girado hacia el lado contrario y sin cabida amanecí más allá, descansado. Iría años atrás para ser partícipe del encuentro ideal, tal vez tenga que desaparecer algunas décadas, tal vez deba iniciar el viaje a través de los túneles del siglo pasado. Y aunque me brotaran raíces y comenzara a ascender paulatinamente mientras crece mi tronco, esperaría con aves en mis brazos, estación tras estación para perder mi follaje y dar un paso hacia el frente en la búsqueda del momento preciso. Permitiría a los roedores esconderse entre mi madera y concedería el espacio requerido para una adaptación hogareña con el fin de albergar una pequeña flama emocional en mi interior. Me prestaría para ser procesado e incluso transformado en hojas de papel donde se escribieran relatos con finales reales pero felices. Terminaría mi ciclo para ser cubierto de tinta negra y finalizar en las manos de quien corresponde, entre los dedos de quien merece el esfuerzo.

Y si años después apareciera en el fondo del mar, entre criaturas desconocidas conviviendo con los hipocampos, dejaría que mi cuerpo fuera víctima de las corrientes marinas y concedería el movimiento de mis aletas al azar. Navegaría todos los océanos hasta llegar al lugar sin minutos de retraso ni meses de anticipación; atravesaría el Atlántico y me perdería en las profundidades del Pacífico hasta terminar vagando entre los misterios del Índico. Encontraría la manera de acortar la distancia entre el Ártico y el Antártico; uniría a ambos con un solo viaje interminable para los dudosos. Iría hasta la zona abisal para recolectar lo ominoso y ser de utilidad para los pescadores en alta mar. A ver si así me acerco un poco más a donde quiero estar, a lo que quiero ser, al instante que busco respirar, ahí donde no hay escamas ni respiración bajo el agua. Acabaría en la mesa de un inesperado veinte de febrero de quién sabe cuándo, acompañado de vino blanco, celebrando quién sabe qué, yendo a quién sabe dónde.

Y aunque reencarnara en una hormiga, convencería a mis compañeras de trazar el camino hacia usted. Esperaría como un espantapájaros en medio del campo para ahuyentar al peligro hasta que un incendio me derribe. Y si me brotaran alas y antenas luego de salir del capullo, traspasaría el continente y moriría en el intento. Que si de una semilla he de nacer, adornaría con gusto el jardín de esas diminutas manos y daría mi existencia a cambio de permanecer junto a esa sien y adornar lo que se creía inmejorable para uno. Y si un astro he de ser, brillaría tanto para presentarme en su rostro y acariciarlo suavemente cual seda blanca. Crecería mis espinas en el desierto aguardando la sombra que viene justo del lado más lejano del sol hasta secarme. ¡Regresaría hasta el maldito periodo Cámbrico! Y así… le volvería a conocer once años atrás siendo niños en la pubertad, regresaría al calor veraniego para ser atraído de nuevo. Una y otra vez, dos y diez veces, porque juro que pronto he de coincidir.




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