Sempiterno
Dicen que lo que nombras, existe. Y aquí estoy, escribiéndote una última vez para que tu olvido se vuelva real, para palpar que ya no estarás. Como si fuera a significar algo, mis dedos despojan letra a letra el silencio que quedó tras tu voz, tras la interrupción de mis latidos constantes; fueron tres palabras. Mismas que resuenan en mi interior como aves de verano, como viento en otoño... como despedida en invierno. Horas y horas sin un rumbo decente, sin tener siquiera una idea del camino. Y es que no se puede, simplemente, no se puede revivir porque hasta para matarme fuiste adorable; hasta para recordarte eres ridículamente imponente.
Dicen que lo que duele, enseña. Y aquí me tienes, sin aprender que dañan más los deseos desmedidos que los hechos concretos. He dejado pasar al amor por temor a que no fueras tú, por querer encontrarte en donde no te quedaste. Debí haber entendido que jamás habría algo similar, que por más roto que haya quedado, el recuerdo permanece inclinado hacia las flores de aquel papel. Aun sabiendo lo que conllevaba, me lancé al vacío de tu frágil universo; aun sabiendo lo que significaba, decidí quitar cada filtro de seguridad. Y nunca imaginé escucharte expulsar esas tres palabras, nunca pensé estar presente mi propio funeral.
Dicen que lo que empieza, termina. Y aquí sigo, refutando esa hipótesis las veces que sea necesario rechazarla; aunque sea en vano, aunque ya no suene igual. Sé que ya no será tiempo, que no habrá otra ocasión... solo quería acariciar tu memoria una vez más antes de comenzar a olvidarte o, según yo, dejar de pensarte. El crimen fatal que queda sin resolver, la pista que nadie pudo seguir, los demás testigos que se esfumaron; hay cosas que nadie sabe, solo tú... ojalá y jamás olvides esos secretos, esos susurros de alma a alma. Sinceramente, espero que aquellas tres palabras se alejen de mí... y te acompañen a ti. De corazón, con sangre en las manos, de aquí hasta ahí.

Comentarios
Publicar un comentario