El vagabundo

Eterno como el tiempo; así a diario lo pienso. Vaya forma de desmenuzar con calma las ideas, sobre todo, las que llevan de vuelta al mismo sitio. Con la noticia de un cambio atmosférico, esperando sea verdad. Con las nubes en cada pensamiento, anhelando verle llegar con un nuevo mandamiento: Solo intuir, solo fluir... solo sentir. No hablo del sol, tampoco del frío ni del calor; hablo de que los latidos no han cambiado de color. Ahí donde siempre es la hora dorada, donde el silencio impera a través de una mirada y se crea otra clase de adoración, otro tipo de composición. Con una voz a la que le importa poco el vaso en el que le sirven, sabiendo que son innecesarios. Con una vista que sin duda podría mejorar, aun siendo la más presente en las hojas del calendario. Inexplicable para el resto del mundo; habitual para el vagabundo, quien es realmente libre en cada segundo. Y yo no sé cuándo inició, mucho menos por qué no terminó. Así fue y es lo que tiene que ser.




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