La ciudad monstruosa y lejana
¿Y si nos aventamos al vacío? Que la oscuridad devore todos y cada uno de los miedos inconclusos que atormentan la cabeza más que nieve en las pestañas. ¿Y si nos vamos por el lado desconocido? Que el silencio desaparezca una vez más y los astros sean la única guía restante, aunque no se puedan percibir. ¿Y si abrazamos la lluvia? Que suene la evocación de tu voz en cada gota; indefensas, como hace ya doce años. Sin poder actuar, sin poder hablar, sin poder conocer si quiera el punto exacto en el que se funden con la superficie. Una ciudad lejana sobre un monstruo que se palpa cercano, que respira vapor en solitario, que duerme sin preocupación ante cualquier provocación.
Ese iris; ese bendito iris que sobrecargó el voltaje de mi pulsación. Ante el inminente crecimiento en el tamaño de la pupila, lo noté; supe que algo sorprendente sucedería, que un simple acto involuntario llevaría mi vista hacia el infinito, que los destellos provenientes de sus mirada me condenarían hasta el final de mis días. Como una cadena que arrastraba por gusto insaciable, como un par de alas que me permitían acercar los cuerpos al pestañear, como el último chorro de agua que se desprende de las olas enojadas que terminan en el pavimento; porque ahí estuve, ahí estaban mis ganas de saltar… yo solo quería saber qué se sentía lo que todos me describían.
Y es ahí en donde vuelvo a preguntarme, en el momento exacto cuando mi duda nace y brota desde lo más profundo de mis órganos: ¿Y si nos aventamos al vacío? Otra vez, solo una vez.
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