Una brisa cualquiera
Una delgada gota se formó en mis pestañas; alcanzaba a mirarla. El viento susurraba una tenue canción tenebrosa que entraba por la ventana trasera. La brisa se hacía presente indiferentemente, como si de un ciego se tratase, como si de un hueco hablásemos. Las raíces de los árboles parecían levantarse, ¿o qué eran aquellas cosas que se movían bajo la oscuridad de las hojas que caían con parsimonia en el pavimento? Hasta acá podía sentirse. Todos en el entorno notamos su llegada. No era una brisa cualquiera; esta iba de izquierda a derecha en forma de ‘u’. Era bien sabido. Era sumamente temido.
Una pareja de enamorados se dio un beso apasionado en caso de estar ante sus últimos instantes juntos sin miedo a lo que se avecinaba. Entrelazaron los dedos de sus manos y ella se recostó en aquel pecho, aquel sitio en el cual estaba dispuesta a quedarse hasta la muerte. Él bajó ligeramente su mentón para rozar con ternura la cabeza que tenía pegada a su cuerpo y sonrió… sonrió porque sabía que moriría contento bajo esa mítica brisa que rociaba sus mejillas. Todos en el lugar conocían el procedimiento a seguir, sin embargo, ellos decidieron quedarse inmóviles. Para ellos, el mundo podía irse al carajo. Para ellos, el mundo eran los 50 centímetros a la redonda de su abrazo.
Y que todo se vaya muy lejos de la entidad… porque esa no era una brisa cualquiera; esa posición en las manecillas del reloj le dio vida a la vida. Y que todo se esfume cual polvo en el aire… porque esa no era una brisa cualquiera; esa alineación en las campanas de la noche inundó por completo el resto de la comunidad. Y que todo termine, que todo se acabe, porque esa no era una brisa cualquiera; que para ellos apenas empezaba, que para ellos fue eterno… porque esa no era una brisa cualquiera.

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