A.R.H.I.L.

Bienvenidas sean las sensaciones de vuelta, hoy las dejaré entrar sin preguntar de dónde vienen o hacia dónde van. Cómo quisiera que esta fuera la última vez. Me bastaría saber que no tendré que volver a evocar esa emoción dorada, recordarle ni verle, mucho menos escucharle. Y aunque en mi interior haya un desierto de palabras secas sin decir, entendí las oraciones finales... comprendí, finalmente, que la tormenta de arena inició del lado contrario. Nunca la noté, sin embargo, estaba allí, tomándome el pelo una vez más, apretándolo y jalándolo sin piedad; y a ti sí te vi, fugazmente, en un parpadeo apareciste, en un pálpito desapareciste. Simplemente, yo actuaba de una forma extraña, como en otra realidad. Sencillamente, yo no parecía presente, como en otra ciudad. No hay sobre tan grande en donde quepa una disculpa, tampoco un buzón con la capacidad de albergar un error como tal; entonces, tengo que hacerlo bajo mi propia cuenta. ¿Qué? ¿que si qué admiro? ¿que si qué contemplo? Unos ojos claros, esos ojos claros llenos de kilómetros acumulados sin hablar. Allá, a donde quiera que vayas; aquí, a donde sea que llego, la cosa es igual... te digo que la cosa es igual.

Bienvenidas sean las despedidas, de lo cual se careció. Que alguien le explique de tiempo al corazón, háganle saber que existen los días, los años y una vida que pasa sin avisar. Que alguien le indique al amor qué debe hacer porque nosotros ya estamos hartos de presenciarle desobedecer una y otra vez. Pueden pasar once años más y ni así reconocería una derrota el órgano del romance; no cabe duda que la terquedad esfuma poco a poco los restos de cordura en esas notas de papel amarillo. Cómo quisiera que esta fuera la última vez. Sentarme y dialogar así ya se hizo un hábito en mí, involuntariamente, por supuesto. La espera permanece y las ganas prevalecen en un espacio falto de ser lo que parece. Aparentemente, hay una fantasía en el aire: la inexistencia de botellas de vino sin copas, prendas de ropa empapadas y una habitación con luz baja que chorrea un deseo incontrolable hacia lo desconocido. ¿Qué? ¿que si qué aguardo? ¿que si qué supongo? Un mensaje, un mensaje iluso que no es real. Como aquella persona del muelle en el mar, como sus pies lastimados por los animales de la costa, como quien quiere y no se va, como un amor con fecha de caducidad curiosa... sin inicio ni final.




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