Eleanor y la última vocal
Justo al estar celebrando su fiesta de cuarenta y ocho años, Eleanor volvió a recordarlo una vez más, como todos los años... como cada día. Había otros entes presentes, sin embargo, su mente ya estaba ausente, de forma involuntaria. Hasta olvidó que se ganaba la vida en un puesto gubernamental hacía 23 años. Su cuarta canción favorita se le escapaba al son de sus respiraciones, ya ni siquiera recordaba su letra ni distinguía los colores brillantes de los papelitos que adornaban la escena. Los labios, repentinamente, se le secaron más de lo habitual y sus mejillas cayeron, en silencio. Detestaba cuando eso pasaba. No era como que pudiera controlar esa parte de sí misma; ninguna otra fuerza vencía a la decoloración de lo que miraba. No podía describir esa tonalidad tan peculiar, pero, eso sí, la podía palpar. Tal vez solo ella la veía, tal vez todo estaba en su cabeza nada más. No importaba, ya no se sentía como un instante para festejar. Apretó sus párpados y recitó en voz baja aquella frase que repetía en momentos como ese. Una vez no bastó, tampoco seis. Se detuvo y contempló una sombra junto al espejo vertical en la habitación, la cual se movía solo del lado derecho, igual que sus síntomas de obsesiva compulsiva. Tragó saliva y se alivió un poco.
Bien. Lo había superado, pero no siempre era de esa manera. Cada vez eran menos frecuentes sus ligeros ataques al acordarse de aquel amor que tuvo tiempo atrás. No había una tarde en la que no se preguntara por qué no había hecho caso de su propia intuición y las visibles señales de autodestrucción. Seguramente, la culpable de sus contratiempos emocionales ya ni su segundo nombre ha de recordar. A veces, buscaba conversar con personas de nombre igual o similar para no abandonar su costumbre desgastante; últimamente, ya con que empezara con las primeras tres letras, bastaba. De hecho, alguien así se había encargado de comprarle su pastel preferido y decorar el lugar. ¿Coincidencia? No podía ver su enfermedad; por fuera, no había nada que diagnosticar, pero, por dentro, faltarían las hojas en el recetario médico para deshacerse del daño. De pronto, la escuchó. Poco a poco, la melodía regresaba con suavidad mientras brotaba un tenue canto de su garganta. La última vocal durante varios segundos, vibrando, palpitando, regresando el tacto al pecho de Eleanor.
Sus manos translúcidas limpiaban las gotas de cristal que recorrían sus pómulos, formando una sonrisa forzada y húmeda en todos los sentidos. Ya no existía ahí. ¿Cuántas horas habrán pasado realmente? La historia se repetía con su personaje principal, rotando únicamente a los secundarios. No podía creer que hasta los diálogos fueran idénticos a los anteriores... y a los anteriores. Atravesó unos muebles en soledad, enojada con ella misma por no haber hecho más, por no haber dado más de sí. Su fantasía terminaba, derrotada. Mandó al carajo su alma, bendijo sus acciones antes de entregarse por completo. Los ornamentos se desvanecían con el viento frío que entraba por la ventana, el cual la empujaba ligeramente hacia la pared más cercana. Gritó de nuevo. Intentó tomar esa fotografía para contemplarle más de cerca, reconocía ambos rostros unidos por la sien y separados por una emoción, pero no tuvo éxito. Se le resbalaba entre sus dedos transparentes, como si no quisiera que la tocase. Ella lo sabía, específicamente lo sabía. Por eso, salió del edificio de vuelta hacia la penumbra, donde el maquillaje blanco y el labial rojo son parte de la cotidianidad. Y Eleanor volvió al origen, donde ni ella misma se conocía.

Comentarios
Publicar un comentario