El sueño en la calle de piedra
Soñé que podía volar, que los horneros rodeaban mi cuerpo en las ramas de un árbol. Soñé con nubes de gas y mareas altas, las huellas en el camino eran de color celeste (había una que otra blanca). Soñé con las más bellas melodías y sus memorias al nacer. Soñé mientras tenía otros sueños, me perdí dentro de la lucidez. Soñé con el eco de las guitarras, la dulzura del saxofón y el retumbar de los tambores, una explosión en mis oídos. Soñé con el alma de un viejo músico de bar, de aquellos que beben vino sin cesar y charlan sin parar. Soñé con el río en abundancia, las garzas a la orilla y mil palabras que jamás se repetirán. Soñé que las ventanas nunca se volverían a cerrar, que todo sería igual, finalmente. Soñé mi vida en un suspiro, mis manos se cerraron, el corazón latía; estaba vivo. Soñé un largo camino de autobús, el recorrido hacia la muerte con el número sesenta y cuatro en el frente, de norte a sur. Soñé con una pelota que iba de lado a lado, entorpecía a los que la miraban demasiado. Soñé que los huesos de mi espalda se tornaban en alas, volaba sobre la ciudad, susceptiblemente. Soñé que volvía. Soñé con la ira y la desesperación, el amor recíproco en tiempos difíciles también estaba ahí. Soñé con la esperanza de un pueblo, con la falsa idea de una revolución. Soñé desde un balcón en una torre muy alta, los lapachos se veían diminutos. Soñé con elegancia en las brigadas más solitarias del barrio, todo se alumbraba al final. Soñé con callejones sin salida, el arte urbano había hecho de las suyas. Soñé con vándalos proclamando amor en las avenidas, plazas y parques. Soñé con el invento perfecto. Soñé con la mejor producción. Soñé con una creación.

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