Antonella y sus ojos brillantes
Un disturbio sobrenatural en el centro de la ciudad hizo que algunos de los locales comerciales fueran vaciados en cuestión de segundos. Un joven corría detrás de una chica, el joven tambaleaba y ella no volteaba ante las palabras que salían de aquella boca. Un limosnero pedía ayuda para poder comprar una cerveza en su bar favorito, donde también vendían el alcohol más barato de la zona. Los puestos andantes de comida para borrachos comenzaban a cerrar y la música, bueno... la música seguía sonando de igual manera, maquillaba las situaciones. Antonella, distante a estos acontecimientos, parecía ser afectada por aquel disturbio sobrenatural.
Bajo un manto de oscuridad abandonó aquel lugar, como la mayor parte de su vida, iba sin rumbo (ni dirección). La falta de vista por completo en su ojo derecho y la avanzada catarata en el izquierdo no le impidieron moverse con rapidez entre toda la lobreguez. El corazón le latía violentamente mientras iba dejando un desagradable rastro en el camino, inconsciente e involuntariamente. Algunos creerían que sus años habían pasado ya, que no era tiempo para caprichos. Las canas eran más que notables y sus pies descalzos ya no caminaban paralelamente. Antonella corrió con más fe que perspectiva, todo era negro. Sus ojos derramaban lágrimas gordas y hacía semanas que su hermosa cabellera oscura había dejado de brillar.
Escuchó unos extraños ruidos que venían de la carretera, se dirigió hasta ellos velozmente sin dejar de mover su cuerpo. Las luces iban y venían en ambos sentidos, dejaban aire en la presencia y un sonido que se alejaba al pasar. Se quedó mirando los automóviles al borde del asfalto, recordando, inmóvil. Dio un paso hacia adelante y se dejó llevar. Hubo un impacto. Su columna sufrió una pequeña fractura, al igual que una de sus piernas. Gritó de dolor. Los vehículos no se detenían ante la caída de su cuerpo. Reptaba. Ni siquiera el coche que había golpeado con ella se había parado para verificar lo sucedido. Ella parecía estar descontenta con el desenlace... aún vivía.
Anhelaba que una de aquellas llantas aplastara su cabeza, por lo menos otra pierna. Estaba harta de sus limitaciones, detestaba su condición, no se sentía digna. Vio una luz al fondo, no se movía, no se acercaba, tampoco se alejaba. Dos sombras salieron junto a aquella luz, ellos sí aproximaban sus cuerpos hacia ella. Una de las sombras trató de recogerla. Antonella, al saber que no se trataba de la muerte, reaccionó. Desde el piso, y con varios huesos rotos, mordió la mano de quien trató de ayudarla. No quería dirigirse a otro lado que no fuera la muerte. Esto no detuvo la acción, acto seguido tiraron una capa roja sobre ella y sintió como la levantaban y era llevada hasta aquella luz. Vio dos pares de ojos brillantes, y ahí, envuelta en la capa roja, comenzó su nueva vida. Volvió a mirar con los mismos ojos enfermos. Nunca supo porqué partió ni a dónde llegó. Su vista nunca mejoró, pero a los pocos días habían tres pares de ojos brillando en lugar de dos.

Bajo un manto de oscuridad abandonó aquel lugar, como la mayor parte de su vida, iba sin rumbo (ni dirección). La falta de vista por completo en su ojo derecho y la avanzada catarata en el izquierdo no le impidieron moverse con rapidez entre toda la lobreguez. El corazón le latía violentamente mientras iba dejando un desagradable rastro en el camino, inconsciente e involuntariamente. Algunos creerían que sus años habían pasado ya, que no era tiempo para caprichos. Las canas eran más que notables y sus pies descalzos ya no caminaban paralelamente. Antonella corrió con más fe que perspectiva, todo era negro. Sus ojos derramaban lágrimas gordas y hacía semanas que su hermosa cabellera oscura había dejado de brillar.
Escuchó unos extraños ruidos que venían de la carretera, se dirigió hasta ellos velozmente sin dejar de mover su cuerpo. Las luces iban y venían en ambos sentidos, dejaban aire en la presencia y un sonido que se alejaba al pasar. Se quedó mirando los automóviles al borde del asfalto, recordando, inmóvil. Dio un paso hacia adelante y se dejó llevar. Hubo un impacto. Su columna sufrió una pequeña fractura, al igual que una de sus piernas. Gritó de dolor. Los vehículos no se detenían ante la caída de su cuerpo. Reptaba. Ni siquiera el coche que había golpeado con ella se había parado para verificar lo sucedido. Ella parecía estar descontenta con el desenlace... aún vivía.
Anhelaba que una de aquellas llantas aplastara su cabeza, por lo menos otra pierna. Estaba harta de sus limitaciones, detestaba su condición, no se sentía digna. Vio una luz al fondo, no se movía, no se acercaba, tampoco se alejaba. Dos sombras salieron junto a aquella luz, ellos sí aproximaban sus cuerpos hacia ella. Una de las sombras trató de recogerla. Antonella, al saber que no se trataba de la muerte, reaccionó. Desde el piso, y con varios huesos rotos, mordió la mano de quien trató de ayudarla. No quería dirigirse a otro lado que no fuera la muerte. Esto no detuvo la acción, acto seguido tiraron una capa roja sobre ella y sintió como la levantaban y era llevada hasta aquella luz. Vio dos pares de ojos brillantes, y ahí, envuelta en la capa roja, comenzó su nueva vida. Volvió a mirar con los mismos ojos enfermos. Nunca supo porqué partió ni a dónde llegó. Su vista nunca mejoró, pero a los pocos días habían tres pares de ojos brillando en lugar de dos.

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