Granada

La granada que crece frente a mi ventana tiene varias semanas ladeándose hacia el lado derecho. Es algo extraño porque tenía años hacia la izquierda. Lo noté y quise arreglarlo. No obstante, la naturaleza me recordó que no tengo injerencia en los asuntos divinos. Lo dejé pasar y regresé a escribir en ese antiguo teclado donde están mis huellas marcadas con sueños y esperanzas. Recordé el axioma en mi pecho, el que no requiere pruebas. Miré mi tatuaje más pequeño y mi visión fue llevada a un jueves en particular que ya no quería revivir... pero una vez más, entendí que no es asunto mío sino todo lo contrario. Entonces, pasé por los mismos lugares, hablando con la misma gente, recibiendo respuestas idénticas. Levanté del suelo los pétalos rosas y los froté contra mis palmas, dejando su aroma en mi esencia, en mi entorno interno. Seguí por ahí, sin saber bien qué acababa de suceder. En fin, es cosa de ayer. Problema de hoy ya no es. Y como en la noche se marcó el pavimento, tuve que buscar la salida. Así como en aquellos días, donde se controlaban los hilos de la marioneta. Es lo que pasa. Sonriendo, levitando, regresando. No hay tiempo de añadir tres pasajeros más, solo uno puede pasar. Y creo que la granada frente a mi ventana lleva la ventaja. Sí, yo sí lo creo.



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