El verdadero adiós

No hubo un último instante de tus ojos; el eco de tu presencia se esfumó antes del adiós. Me quedé con las manos llenas de ausencias, sediento del milagro de otro encuentro, ansiando ese silencio tuyo, tan hondo, que grita de todo menos palabras.

Mis brazos son hoy un refugio desierto que extraña la tibieza de tenerte cerca. Y aunque en tus pupilas ya se escribiera otra historia, mi memoria te esculpía en cada latido. Ya no era yo, ya no éramos nosotros... éramos un lazo eterno que mutaba en el aire.

Y sin embargo, en este templo todo sigue intacto, custodiado por el peso de seis eternidades. Irrumpiste como un rayo en mi mar en calma, sin llamar a la puerta, justo cuando el alma crujía. Yo transitaba ciego, sin buscar, sin querer, y caí rendido, desarmado ante tu luz.

Me quedé arañando el tiempo por verte una vez más, desgastando la esperanza en el borde de lo imposible. El destino estaba escrito con esta tinta triste, el mapa de la vida simplemente cambió de rumbo.

Pero sé muy bien que toda esta distancia no puede tocar lo que somos fuimos. Porque de mi sangre y mis adentros...tú nunca te marcharás.



Comentarios