Halos y alas
¿Te acuerdas?
Las nubes no nos acompañaban con su presencia, sin embargo, el descenso del cielo a la ciudad era inminente con las palabras de esa voz grave.
No había polvo cósmico flotando en el espacio de la residencia, pero el resto de partículas doradas se encargaban de hacer algo mucho mejor... algo mágico.
Tampoco veíamos a los seres con halos y alas yendo de un lugar a otro, subiendo y bajando, sino que teníamos el honor de que nos visitara una infante fantasma.
Me acuerdo.
Nunca llegué a contemplar ese enorme portón del que tanto se habla; en su lugar, teníamos una puerta transparente que se deslizaba de derecha a izquierda.
El agua no era de cristal, pero mis ojos se tornaban cristalinos ante la partida de ciento cincuenta y cuatro fragmentos decimales de perfección.
No éramos dueños de ninguna mansión ostentosa ni poseíamos perlas brillantes en nuestras túnicas; compartíamos prendas que terminaban en el piso de madera.
¿Lo recuerdas?
Dios era solo una palabra y tus labios rosas eran mi deidad; las barcas de papel no se hundían y el viento corría por las ventanas cerradas.
Claro está que no existía la eternidad, las historias que no empiezan con el inicio ni terminan con el final carecen de esta cualidad.
No, no estábamos muertos, tampoco soñando... todo lo contrario; el tenue susurro matutino que provenía de esa boca me daba más vida de la merecida.
Lo recuerdo.
Porque cuando hablo del paraíso, hablo de todo esto; no del de allá arriba, sino del sitio de acá abajo que la sigue adonde quiera que usted va.
Al referirme al cielo, no me refiero a lo que cambia de color y cubre nuestro planeta, sino a lo que emanaba esa mirada tornasol sin cobertura.

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