El fuego y la calma
Hay tanto por revelar, mucho por contar; a veces puedo explicarlo y otras no tanto. Después de remover los leños y acomodar el fuego, me dispuse a intentarlo: escribí, detallé, describí y relaté el intenso pálpito que provoca el hábito de tus ojos claros. Esa hermosa costumbre de mirarte y conservarte, guardar tu mirada aparte para después crear arte. Inspirarse contigo es fácil, tornas al sol frágil de sus propias intenciones en cada una de tus acciones. Las flores en la botella cambian de color con tu presencia y dejan de ser las más bellas, pues tu par de iris son mucho más apreciables que ellas. No hay mejor ornamento para adornar el momento que tu aliento en el viento en cada movimiento. Respiras, respiro; lo que siento va en aumento. Te acercas, me acerco; todo se hace lento.
Hay poco por pedir, menos por repetir; a veces no estoy aquí y otras ya me fui. Después de en la chimenea hacer espacio, dejé al cuerpo quemarse despacio: mi aductor, parietal, flexor y occipital adaptáronse y aclimatáronse a tu piel con su roce. Esa conjugación de verbos que tu boca evoca, las palabras que me tocan, alocan y mi sonrisa retocan. Coincidir contigo es natural, explotas lo sensorial con tu cercanía y tus vínculos con la fantasía de hoy en día. Los escritos en mi libro interior denotan los secretos de un escritor sin temor, pues mejor dejé al miedo y su vigor para los cuentos de terror. No hay lugar más bendito en el mundo que lo bonito de tu sitio, que de poco a poquito se convirtió en mi favorito. Me encuentras, te encuentro; lo que me manda más allá. Suspiras, suspiro; todo empieza a brillar.

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