La hipótesis determinista

Digamos que el fin está muy cerca y el cielo comienza a oscurecer, que los segunderos olvidaron el ritmo y la tierra cambió su olor con el viento; igual que aquella ocasión en que se creó un caos perfecto que perdía sus propiedades. Y digamos que me quedo contigo, ¿me lo permitirías? 
Supongamos que la primavera, orgullosa, nos privó de las flores, que febrero, cansado, abandonó el mundo comercial junto a su compañero diciembre; igual que cuando el pueblo se rebeló y cambió las reglas para el bien de todos. Y supongamos que te quedas conmigo, ¿te gustaría seguir? 
Imaginemos que por urgencia hay que mudarse de este planeta, que habrá un nuevo orden social y económico en un lugar completamente desconocido; igual al momento en que un barco cruzó el mar por primera vez en la historia. E imaginemos que nos quedamos juntos, ¿a dónde iríamos?

Digamos que en diez años la constante sigue ahí, inamovible, que no hubo necesidad de que el color rojo entrara a cuadro o se apareciera por aquí; igual que aquella ocasión en que las piedras perfectas se diseñaron con detalle. Y digamos que pienso asertivamente, ¿todavía quisieras?
Supongamos que después de tres mil seiscientos días no se ha ido, que su permanencia fue siempre voluntaria, incondicional y desinteresada; igual que quien reconoce los centímetros a tu redonda como su zona de seguridad. Y supongamos que piensas como yo, ¿me concederías el honor?
Imaginemos que sí sobrevivimos y nada ha cambiado, que el código postal de la situación conserva la misma numeración desde que hizo su llegada; igual que cuando las tinieblas lograron atravesar generaciones en el gran castillo. E imaginemos que pensamos idéntico, ¿cómo se llamaría?

Digamos que quisiera arrancar los besos de esa boca a diario, que mis palabras solo están esperando llegar a tus oídos con tenue dedicación especial; igual que aquella ocasión en que la osadía, tan a su manera, nos mostró una luz. Y digamos que te quiero, ¿puedo repetirlo?
Supongamos que confieso mi atracción hacia tu presencia habitual, que mis manos se mueven por sí solas hacia las tuyas con extrema delicadeza; igual que las corrientes de agua que fluyen hasta llegar ser brisa en tu rostro… sí. Y supongamos que me quieres, ¿decidirías quedarte?
Imaginemos que el resto de las cosas siguen su movimiento natural, que giran sin importarles que permanezcamos en el mismo sitio… entrelazados por horas; igual que las enredaderas que cubren un hogar con bellas gerberas en el jardín. E imaginemos que nos queremos, ¿necesitamos algo más?


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