Monólogo frente a la piedra

     Llegó tarde al lugar, comenzaba a oscurecer. Su mano sujetaba varias peonias envueltas y amarradas con un listón celeste. El viento movía sus canas. Suspiró profundamente al acercarse. Inhaló… exhaló. Ahí estaba, la miró.
     —La verdad es que no sé muy bien cómo empezar, desde que inició el año bisiesto no abandona mis pensamientos —comenzó, parado frente a ella—. Al pensar delicadamente me vino aquella noche a la mente y me mentalicé arraigado a una palabra, pero la pala braceó de entre mis brazos y enterró lo que quedaba de ella en la tierra mojada. Mojé mis labios para decírtelo, pero decir lo que había estado en secreto era peligroso; peligraba el entorno, peligraban mis miedos, peligraba el futuro y los hechizos que pusiste en mis ojos. Ojo, que no he enloquecido, sólo creo enajenar. Desde que lo ajeno se volvió aún más extraño comencé a extrañarte, extrañamente me acostumbré en demasía a tu rostro, ahora batallo de más para reconocer alguno. 
     Algunas veces imagino un camino de rosas, rojas a la derecha, anaranjadas a la izquierda, hasta atrás las rosas y las blancas. La blancura del recuerdo de tu sonrisa extasiada girando de un lado a otro, otra vez acabé reviviendo el mismo momento. Momentáneamente entré en un estado fuera de la conciencia, consciente, pero inconscientemente preso del maldito recuerdo. Maldita sea, escúchame, desde que empecé a hablar no he hecho otra cosa mas que evadir el tema y la temática de esta confesión se inclinó hacia la evasión. Pero no puedo eludir la verdadera razón por la que vine, y es que todos venimos a lo mismo, pero hoy no vengo a repetir lo de anoche. 
     Está por anochecer, mi labia se convierte en aquella cuando hay luna llena y mis lunares no dejan de pedirme que se haga bajo esta tenue luz. Luces tan irreconociblemente bella que no puedo concentrarme en nada, nada más en los destellos que explotan en mi vista al creer que volverás, en fin… volvamos al principio. 
     Soy un principiante y siempre estuviste al tanto de ello, tanto que olvidaste que aún no sabía querer. Quise disimular pero soy un pésimo actor, acto seguido quedaste en silencio indefinido, como ahora. La hora es distinta, pero tu falta de expresión sigue irónicamente intacta. Qué ironía, sigo buscando la adquisición de algo extinto tiempo atrás. Y es que detrás de estos vocablos hay una inseguridad con mayoría de edad, la mayor parte del tiempo ronda mi cabeza intencionalmente. Sus intenciones son buenas, supongo, hasta que riega tu esencia por todo el entorno e irremediablemente tengo que huir al instante, o en última instancia perder la cordura. 
     Me he perdido más veces de las que puedo contar, tomando en cuenta todas las noches del último mes. Últimamente he prescindido del reconocimiento y la distinción de ciertos colores; el amarillo, ciertamente me ha olvidado y mi visión se ha transformado en azul. De todas formas mis pupilas habían agotado sus ideas y nuestra versión idílica se endeudaba con la tasa de interés más alta. Interesantemente, he intentado todo lo posible para llegar, pero ni la llegada de una nueva estación climatológica me deja cerca. Mi ser más cercano no es humano, pero al igual que un servidor se había desilusionado de la humanidad actual. Tantas actualizaciones sociales en el exterior, sin embargo, mi interior se quedó ajustado desde que no estás. 
     Estar o no estar, quedarme aquí a imaginar lo que nunca pasará o pasarme finalmente al lado de la sobriedad. No soy sobrio, por evitar con mis negros pensamientos el enfrentamiento, mi lóbulo frontal lo sabe… suelo delirar. Este suelo es testigo del requiem de mi esperanza diaria; a mi diario, en algunas horas, le tocará atestiguar el resultado de este recital. Recité todos aquellos poemas en francés que abandonaste sobre ruedas y abrí los seis sobres con secretos acumulados desde abril aquella vez. 
     ¿Ves estas peonias? Supuse que te gustaría un poco la variación de flora, aunque no las aceptes ni las huelas. Olor a ti ha quedado en todos los rincones de mi habitación, habito entre fantasmas tuyos y no logro correrlos. He corrido más de cien veces el mismo tramo para sudar tu recuerdo, recuerdo todas y cada una de las palabras que de tu boca salieron. Pero no hay salida en este laberinto, estoy rodeado de seres imaginarios y al parecer tú también lo eres. 
     Eras más amigable cuando hablabas, cuando reías y tus camanances aparecían, parece que fue ayer cuando rodábamos entre las sábanas con las pestañas juntas. Junto a ti aprendí que la vida no es fácil pero uno se las arregla para colorearla. ¿Cuánto color he dejado escapar por no querer mirar? Las miradas se tornaron blanco y negro sin importar la compañía o la ubicación desde que colocaron a este idiota muy apartado de aquí. 
     Aparte de las varias adicciones que causaste en mí, no vine a presentar ninguna queja de mi existencia, existen métodos más efectivos para tratarlas. Pero si se trata de usted me tiemblan las manos sin control, controlas el ritmo de mis latidos y no te mueves siquiera. Si quisieras estarías parada de este lado, bueno, si hubieras querido. 
     Oh, querida, a veces siento que no ha pasado el tiempo, que es temporal y pronto todo volverá a lo normal. Pero la normalidad cambió y yo sigo aferrado a lo que nunca sucedió, no puedo dejar de odiar esa parte. Parcialmente vuelvo a este sitio, pero no siempre físicamente. Lo dice la física; toda acción tiene una reacción en sentido contrario. 
     Contra las recomendaciones de mi familia, amigos y hasta mi doctor, regresé. Las regresiones aparecen cada vez con más frecuencia y simplemente no encuentro la manera de seguir. El seguimiento de mis ideas me trajo de nuevo a la locura, llámame loco si así lo deseas, ya sólo falta que lo hagas tú… 
     Un guardia robusto con barba se acercó.
     —Vamos, Denis, conoces las reglas. No puedes estar aquí dentro a estas horas, puedes intentarlo mañana más temprano —dijo con aliento alcohólico, pero amablemente—. Buena elección la de hoy, eh. Me encantan las peonias, ¿las compraste por acá cerca?
     —Estaba por terminar… solamente unas palabras más —contestó, con la voz agotada y una mirada concentrada.
     —Sabes que no puedo dejarte —respondió mientras juntaba sus manos en pose de descanso.
     —¡Por favor! ¡Por favor, Carlos! —le rogaba a aquel hombre—. Creo que hoy por fin estoy llegando. ¡Lo juro por mi madre! ¡¡Déjame terminar, por favor!! ¡¡¡POR FAVOR!!!
     —Denis… —suspiró.
     —¡¡POR FAVOR!! ¡Necesito decírselo! —alegaba.
     —Lo mismo dijiste el domingo.
     —¡Ya casi llego! ¡¡Lo prometo!!
     —¡Bdaaaaaaa! ¿Quién soy yo para juzgar al amor? Haz lo que tengas que hacer, pero hazlo rápido —refunfuñó al darse vuelta, caminar por donde había llegado lentamente y darle un trago al pequeño bote de ron que cargaba en su pantalón—. ¡¡Al menos cambiaste las flores!!
     Esperó a que se alejara unos metros y retomó sus palabras.
     —Tengo poco tiempo; mira, tu mirada me penetra sin verme, tu recuerdo me persigue a donde voy. Vaya, no logro deshacerme de ti ni aunque estés muerta, pero a algo dentro de mí le gusta. El gusto por caminar entre los árboles de este cementerio se volvió mi alivio. Y aliviané los problemas, la terapia y los estúpidos medicamentos recetados, porque la única receta que logró disminuir el dolor fueron grandes dosis de este lugar tan plácido. Ni el placer de una nueva vida, o su intento, pudo acabar con la evocación del pasado. Pasaron las noches y los sueños se tornaron en pesadillas interminables y mentiras infumables. Dejé de fumar, dejé de beber, dejé los malos pensamientos, lo nocivo se fue… excepto tú. La excepción confirma la regla —exhaló el anciano—. Aún te amo. ¡Mierda! ¡Aún te amo! Que de amor no me canso de hablar, podría pasar las horas discurseando y llenando este vacío eterno. Tal vez una eternidad sea lo que este cuerpo necesite para no reaparecer frente a esta piedra ni al camino empedrado que me trae hasta este rincón. 
     Arrinconado bajo esta noche cercana tengo que despedirme y nunca he sido bueno en las despedidas, de hecho, las detesto con todo mi ser. ¿Será que algún día tendré la habilidad de dejarte ir? No lo sé. Lo sabremos mañana… o quizás pasado mañana —finalizó, tristemente.
     Una lágrima recorrió su mejilla izquierda. Dejó las flores sobre la tumba y se marchó con las manos dentro de los bolsillos.


Comentarios

Publicar un comentario